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Por Antonio Martínez Colorado, Partner, Life Sciences and Health Care Leader, Deloitte Spanish Latin America
De cada 100 hospitales que hoy inician un proyecto de transformación digital en América Latina, entre cinco y ocho terminarán capturando el valor que se propusieron capturar. El resto habrá invertido en historias clínicas electrónicas, en inteligencia artificial, en nuevas plataformas de gestión y, dos o tres años después, se enfrentará a la misma pregunta que hoy escucho casi a diario en conversaciones con gerentes generales y directores financieros de clínicas: ¿por qué invertimos aquí y no allá, y qué evidencia tenemos de que se pagó?
No es una pregunta retórica. Es, probablemente, la pregunta más importante que puede hacerse un líder de salud en este momento, y la que menos se está haciendo con la rigurosidad necesaria.
Llevamos años escuchando que la tecnología va a resolver los problemas estructurales de la salud en América Latina: la fragmentación, la presión financiera, el acceso desigual. Y sin embargo, cuando uno mira los datos con cuidado, encuentra algo incómodo. A nivel global, el 65% de las transformaciones tecnológicas no genera el retorno que se prometió a los líderes y a los inversionistas que decidieron avanzar. En el sector de ciencias de la vida específicamente, el 71% de los ejecutivos reporta avances en el despliegue de inteligencia artificial, pero solo el 45% ha visto mejoras medibles de desempeño, y apenas el 13% reporta un impacto medible a gran escala. La brecha entre adopción y valor no es un problema técnico menor: es el problema central.
Innovar no es comprar, es resolver.
La primera confusión que hay que desmontar es que innovación equivale a adoptar la tecnología más reciente. No lo es. La pregunta que debería hacerse cualquier junta directiva antes de aprobar una inversión no es "¿qué tan avanzada es esta tecnología?", sino "¿qué problema resuelve, con qué evidencia, y puede este sistema de salud sostener el gasto que implica sostenerla en el tiempo?". Un hospital que instala inteligencia artificial de diagnóstico sin haber resuelto antes la fragmentación de su información clínica no está innovando, está agregando complejidad sobre un problema que ya tenía.
El valor real está en la eficiencia operativa, no en el anuncio.
La segunda idea que quiero defender es menos vistosa, pero más importante: el mayor potencial de la inteligencia artificial en los hospitales de la región no está en el diagnóstico asistido, que es lo que capta los titulares, sino en algo mucho más terrenal: optimizar procesos, reducir cuellos de botella operativos y devolverle tiempo clínico a quienes atienden pacientes. En los hospitales con los que trabajamos, hay una cantidad significativa de capacidad clínica y operativa que ya existe y que simplemente no se está liberando. Antes de pensar en cinco o siete casos de uso de inteligencia artificial desplegados de forma amplia y superficial, es mucho más efectivo escoger un proceso, profundizar la inversión ahí, y liberar la capacidad que ese proceso tiene atrapada.
El hospital no termina en sus paredes.
La tercera idea tiene que ver con dónde ocurre realmente la atención. En México, para darles un ejemplo, más de la mitad de las consultas de atención primaria se resuelven hoy en consultorios adyacentes a farmacias, no en hospitales ni en clínicas tradicionales. Estamos viendo aparecer pequeños puntos de atención en gimnasios, en centros comunitarios, incluso en espacios religiosos. El modelo no siempre es perfecto, cuando la prescripción está atada a un punto de venta, hay un sesgo evidente, pero la tendencia de fondo es clara, la salud está saliendo de los hospitales.
Un sistema de salud que sigue pensando su transformación exclusivamente dentro de las cuatro paredes del hospital está resolviendo un problema que ya cambió de forma.
Lo que sí funciona: medir el valor desde el primer día.
En Deloitte hemos llegado a una convicción, después de acompañar procesos de transformación en distintos países de la región y fuera de ella. La mayoría de los proyectos fracasa no en la etapa de implementación técnica, sino en la ausencia de un modelo de realización de valor que acompañe todo el proceso. Se planifica, se invierte, se implementa y solo entonces, cuando ya se gastó el presupuesto, se pregunta si funcionó. Para revertir eso, trabajamos con hospitales y sistemas de salud, incluyendo instituciones públicas, bajo un enfoque que busca que la inversión en transformación no incremente el gasto operativo mientras se ejecuta, activando capacidades de inteligencia artificial desde el inicio del proceso y no dos años después de implementada una historia clínica electrónica.
No se necesita más tecnología. Se necesita un ADN digital que permita medir y capturar el valor que esa tecnología promete.
El hospital del futuro no va a ser el que tenga más sensores, más algoritmos o más pantallas. Va a ser el que logre atender mejor con los recursos que ya tiene, y que pueda demostrarlo con datos, no con anuncios. Esa es la pregunta que los líderes de salud de América Latina tienen que empezar a responder ahora, no en 2035. Porque ese futuro ya no es una visión lejana. Está sucediendo hoy.