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Qué es y qué no es la Inteligencia Emocional

por Santiago Lazzati, Director Asociado.

El autor nos ayuda de manera clara y concreta a delimitar los alcances del concepto acuñado por Daniel Goleman, que involucra considerar las emociones y pensar inteligentemente acerca de ellas.

La inteligencia emocional (IE) es la capacidad de una persona, respecto de las emociones
propias y ajenas, de: 

  • percibirlas y valorarlas,
  • comprenderlas y emplearlas para enriquecer el
    pensamiento,
  • y de adecuar consecuentemente el
    comportamiento.

La IE se refiere tanto a las emociones como a los sentimientos. Si bien a veces estas dos palabras Punto de Encuentro #8, Octubre 2010 RRHH 25 - Deloitte Argentina
se emplean como sinónimos, ellas no necesariamente son equivalentes. El Diccionario
de la Real Academia Española las define de la siguiente manera:

  • Emoción : alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática (primera acepción).
  • Sentimiento: estado afectivo del ánimo producido por causas que lo impresionan
    vivamente (segunda acepción). 

Sin embargo, el concepto de IE comprende indistintamente a las emociones o a los
sentimientos. Vale decir que, en sentido lato, se trata de “inteligencia emocional/sentimental”.

La IE es un tipo de inteligencia, como lo es la capacidad intelectual, también denominada
inteligencia cognitiva. Ambos tipos tienen en común la función de percibir y procesar información, y de adecuar consecuentemente el comportamiento. La diferencia radica en la clase de información: la primera se refiere a las emociones, la segunda a números, palabras, conceptos, etc.

La IE es algo distinto de la personalidad o de los valores. La IE incluye elementos que parecen
comunes a los de la personalidad, como ser la empatía. Sin embargo, ambos continentes
pertenecen a diferentes planos. Una persona puede tener cierto grado de neuroticismo o
inestabilidad emocional (rasgo de personalidad, de carácter estructural), pero merced a su IE es capaz de tomar conciencia de ello y mejorar su autocontrol al respecto.

Asimismo, alguien puede ser muy hábil para percibir las emociones de los demás (IE), pero
dispone de una opción: emplear su habilidad para perjudicar a otro en provecho propio o para
ayudarlo a superar un problema; o sea, para bien o para mal (cuestión de valores). Por ejemplo, un estafador suele tener una IE desarrollada, en cuanto a su radar de las emociones de los
candidatos para la estafa.

Daniel Goleman, el gurú de la IE, ha realizado un gran aporte a la difusión del tema. No obstante, su listado de competencias de IE incluye algunos ítems que no responden plenamente a la
definición indicada al principio, porque se mezclan con aspectos de la personalidad o de los valores; por ejemplo, orientación al logro (con personalidad) o transparencia, sinceridad e
integridad (con valores).

De todos modos, su enunciado de competencias es valioso: dada una
competencia requerida que sea válida como tal, en su aplicación práctica no hace mayor
diferencia que pertenezca a la IE, a la personalidad o a los valores. La IE requiere considerar debidamente las emociones y pensar inteligentemente acerca de ellas; en síntesis, una buena combinación de emociones y pensamientos. 

En este orden, existen dos prototipos de conducta, ambos en general inconvenientes:

  • El “descontrol emocional”, cuando la persona se deja llevar por impulsos emocionales, sin pensar lo suficiente en las consecuencias de su comportamiento. Por ejemplo, una agresión verbal inoportuna que provoca una reacción en el agredido que resulta contraproducente, inclusive para el propio agresor.
  • El “racionalismo estrecho”, que no percibe las emociones en juego o que no las toma en
    cuenta, porque supone que contaminan el pensamiento “puro”. De esta manera se
    excluye del pensamiento información útil para tomar decisiones y actuar en consecuencia.

Por ejemplo, cuando se insiste en un argumento lógico, a fin de superar resistencias del interlocutor, pasando por alto las emociones de éste, que son justificables, o al menos explicables, desde el punto de vista psicológico.

El considerar debidamente las emociones ajenas no necesariamente implica darle el
gusto al otro. Bien puede ocurrir que debido al razonamiento correspondiente se decida
adoptar una posición “dura”, que no responde a los deseos del interlocutor.

Pero una cosa es pensar inteligentemente acerca de las emociones y otra cosa es ignorarlas.

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